7/6/16

Soy un escritor de brújula

Lo confieso, lo soy. Nunca me siento delante de una página en blanco teniendo claro lo que voy a escribir. No hago esquemas, ni escaletas, ni diagramas, tan solo el papel, la pluma y muchas ideas. Mentiría si dijera que no sé nada de la historia. Tengo claro lo que quiero escribir y cómo son los personajes, pero no conozco los detalles de la historia; estos aparecen, me sorprenden mientras voy avanzando.



Siempre escribo el primer borrador desde el principio de la historia, el primer capítulo, hasta el final. Si alguna vez escribo antes un capítulo que otro o una parte antes que otra, es porque me equivoco, porque me doy cuenta tras escribir el fragmento siguiente que debería ir delante de algo anterior. Entonces pongo una nota diciendo: «mover a...» y continuo escribiendo.

Creo que la escritura de mapa (la alternativa a la brújula) debe ser mejor, más ordenada y más satisfactoria, pero siempre que lo he intentado no he sido capaz. No puedo saber lo que pasa en una historia si no lo escribo y tampoco puedo escribir si ya sé lo que pasa, se pierde todo el misterio y pierdo todo el interés. He leído varios manuales y blog explicando los motivos por los que el método brújula no es adecuado, pero ninguno ha conseguido convencerme; creo que sus autores son gente más organizada, estructurada y, sobre todo, que sí ha logrado hacer lo que recomienda. Yo no lo he conseguido. En una ocasión estuve en una charla de Santiago Alvarez en la VLC Negra en la que explicaba que él decidía cuántos capítulos iba a tener la novela antes de escribirla. Defendía, y con razón, que la novela es tuya y que puedes y debes tomar esas decisiones estructurales. Me quedé admirado, para mí es algo impensable. Él hablaba de 24 capítulos (y no es un número elegido al azar), pero esta mañana me he enfrentado a la segunda escena del capítulo dieciocho de mi nueva novela y aún no sé cuanto capítulos va a tener, aunque tengo claro que he llegado a ese capítulo final del nudo de la historia que se lanza a tumba abierta al desenlace.

Me enfrento a dos problemas con mi sistema de escritura: el primero es que hay días en los que crees que no vas a poder escribir nada. No hay nada en la cabeza o esta está en otro sitio, qué puede salir de ahí. Lo que me ayuda en este caso es la rutina; escribir siempre en el mismo horario y en el mismo sitio engaña a tu cerebro y cuando te sientas ante el papel y la pluma (esto es literal, pero hablaré de ello otro día), todo fluye. Es una sensación increíble. El segundo problema es que cuando sé el final de la historia, pierdo el interés por ella. Ya la conozco, ya sé como acaba y no tengo nada que descubrir. En estas ocasiones me obligo a escribir y a terminar. En la novela que estoy escribiendo ahora aún no he llegado a ese punto, pero creo que me estoy engañando. Una parte de mí ya sabe cómo acaba, pero aún no he querido verla.