21/7/15

Tanaka 2.B

Déjeme que le explique y le aclare que son esos cables que salen de su cabeza. Debería seguir durmiendo, pero parece que la anestesia tiene menos efecto en su organismo del esperado. Merece una respuesta a su silenciosa pregunta. Y no, perdone, me temo que aún no puedo quitarle el laringoscopio. No tardaremos ya mucho.

Siempre nos maravillamos de la capacidad del cerebro para recordar cosas y, en nuestro desconocimiento, creímos que era muy grande; incalculable llegamos a decir. Nos equivocamos, claro. Las señales estaban ahí, pero no quisimos verlas. Cuanto más alargábamos la vida de las personas más enfermedades relacionadas con la memoria se descubrían y cuando la ciencia médica consiguió mantener nuestros cuerpos jóvenes cientos de años, comprendimos que nuestra mente tenía un límite. Había que perder recuerdos para hacer sitio a las experiencias de una vida alargada artificialmente.

Y aprendimos a hacerlo, por supuesto; era necesario. No le aburriré con los detalles, pero intervienen entrelazamientos cuánticos de la química cerebral. No se preocupe, yo tampoco tengo claro todo el procedimiento. El caso, créame, es que podemos hacerlo, escarbar en las neuronas y reiniciar aquellas que contienen un recuerdo concreto. El problema surge cuando hay que decidir que recuerdo borrar. Nadie quiere olvidar los buenos momentos y seguro que usted ha pensado que lo lógico es deshacerse de los malos tragos: las discusiones con la pareja, la muerte de un familiar, un accidente. Bien, pues no podemos hacerlo. Resulta que aprendemos muy pocas cosas de las experiencias agradables y son las desilusiones, las pérdidas, las humillaciones las que dan forma a nuestra personalidad. Imagine que borro de su cabeza el día que descubrió que las mascotas se mueren. No habría pasado por esa importante lección vital y, quién sabe, podría despertar del reacondicionamiento convertido en un puto psicópata. No, no me mire así, no exagero. Eso ocurrió en las primeras intervenciones hasta que descubrimos qué lo ocasionaba. Podemos borrar los detalles, pero la sensación, el dolor, siempre debe quedarse en la cabeza.

Una persona que vive cientos de años va acumulando muchos de esos desagradables instantes y el espacio para los buenos va siendo cada vez más reducido. Podemos borrar sueños, momentos aburridos, tareas tediosas, pero al final, llega un momento que no hay sitio. Podemos hacer que alguien no llegue a recordar algo, como con usted que ninguna de mis palabras se grabará en sus circunvoluciones y anfractuosidades. No es nada especial, ni complicado. El propio cerebro tiene sus mecanismos para no recordar cosas. Creo que de todos los procedimientos de los que le estoy hablando este es el más natural. Por desgracia, en el instante que alguien se plantea no recordar es ya demasiado tarde para que valga de algo. Y, entre nosotros, casi nadie quiere perderse nada. Siempre piensan que puede ser importante.

Lo que trato de explicarle es que nuestro conocimiento del cerebro ha evolucionado mucho en los últimos años. Al igual que podemos borrarlos, podemos copiarlos en soportes que tienen la misma capacidad de almacenamiento que el original y que pueden interactuar con el sujeto casi a la misma velocidad. Los llamamos exomemorias, no son nada baratas y, como imaginará, han revolucionado nuestra sociedad. Imagine un virtuoso artista que nunca dude de una sola nota, insignes lingüistas que conozcan cientos de idiomas, biólogos que reconozcan todas las especies o, incluso, médicos que nunca olviden los detalles de todas sus operaciones.

Esta, como habrá adivinado, es la razón por la que usted está aquí, conectado a todos estos cables, en mi sala médica de NeoKyoto, señor Hernández, aunque a partir de ahora le llamaremos exomemoria 2B del señor Tanaka.