23/4/17

Día del Libro

No recuerdo cuando empezó mi afición a leer, pero sí sé que empecé leyendo teatro y literatura juvenil. Lo primero por culpa de mi abuelo (en realidad de mi padre que se quedó con algunos de sus libros) que trabajaba en el teatro y tenía copia de las obras en la que había participado (y alguna más); eran comedias de Jardiel Poncela y Alfonso Paso en su mayoría. Lo segundo gracias a mi padre y a mi madre que se subscribieron a una colección de literatura juvenil donde descubrí a Asimov, a Verne, a Wells, a Lem, a Capek y a otros tantos otros.


Sí sé, sin embargo, cuando me enamoré de la literatura (que más tarde se convertiría en el impulso de escribir). Nació en las clases de lengua y literatura de 1º de bachillerato (en el instituto de Móstoles al que iba en aquella época) de la mano de un profesor que se llamaba D. José (y si alguna vez supe el apellido, lo olvidé para mi vergüenza). Este hombre hizo dos cosas: recomendarnos un libro y leernos fragmentos de otros. Además de los ladrillos que obligaban a leer aquellos días (y no estoy diciendo que el Quijote, cuyo autor homenajeamos hoy, no sea una lectura interesante, lo que digo es que no es una lectura para esas edades), nos sugirió un título, de forma más o menos personalizada, a cada alumno. A mí me recomendó «Sexta Galería» de Martín Vigil. No empecé el libro con muchas esperanzas, pero lo acabé pensando: «¡Ah!, ¿pero esto se podía hacer en los libros?». No he vuelto a leer esa novela. Sospecho que si la leyera ahora me desilusionaría y le vería cosas que antes me pasaron desapercibidas, pero la forma de contar varias historias dentro de historias y los diferentes personajes unidos en la misma tragedia me enamoro.

De las lecturas de Don José, que hacía en los últimos diez minutos de la clase, no siempre, recuerdo los fragmentos de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós; el sitio de Zaragoza o la batalla de Trafalgar aún me producen escalofríos a la hora de recordarlo. Don José era un profesor duro. Había que estudiar bastante para aprobar su asignatura, pero sabía contagiar el amor por la literatura y era capaz de leer en voz alta y entonar como nadie.



En este Día del Libro me gusta comentar los libros que acabo de terminar o empezar. Como sabéis, tengo la manía de leerme varios libros a la vez, pero estoy intentando moderarme. Acabo de terminar Mitología de Nueva York, el libro propuesto por el club de lectura al que pertenezco (y que no me ha gustado mucho) y estoy leyendo Carbono Alterado de Richard Morgan (lo acabo de empezar en el ebook así que no puedo decir mucho de él). También he empezado en papel la Saga de Hongara de A. Thorkent (este autor me encanta, pero voy despacio porque la portada me da cierto repelús) y Firefight de Sanderson (que no ha conseguido engancharme).  Fuera de la literatura estoy leyendo otros libros: Hexplora! (un libro sobre creación de sandbox) y Never Unprepared (que es una guía de Vecchione sobre la preparación de partidas que me han prestado y que, al estar en inglés, me cuesta un poco más, pero me está gustado).

¿Y vosotros, qué estáis leyendo?

3/4/17

El diccionario personal

No me gustan las líneas rojas que aparecen debajo de las palabras erróneas cuando escribes en un procesador de texto (de las verdes gramaticales hablaré otro día). Me despistan, hacen que pierda la concentración y que me fije y pregunte: ¿por qué están marcadas? En algunos casos son errores tipográficos pues me he comido alguna letra y lo soluciono, en otros son palabras que el procesador desconoce pero están bien, le digo que se las aprenda y prosigo, pero en algunos casos, son palabras inventadas, aunque están bien escritas.



El problema que tengo con Exo, con la novela y los libros del juego, es que muchas palabras son inventadas: los nombres de las razas, los gentilicios de razas y planetas, algunas palabras que hemos supuesto que evolucionarían con el progreso científico (no hablamos de geopolítica sino de galactopolítica, no decimos autos sino aeros) y, como es natural, un montón de jerga como emtradre, mem, modium, EPR. Cuando en un párrafo aparecen varios de estos términos con los errores habituales, es muy desconcertante. Llegas a dudar si Cunningham, el antiguo almirante de la sexta flota, se llamaba así o te falta alguna letra. Lo dicho, me desconcentra.

26/3/17

El capítulo 22

Sigo corrigiendo la novela «El Destructor de Estrellas» y, a diferencia de otros escritores a los que les he leído que corregir es una tortura, está siendo una experiencia bastante interesante, con mucha reflexión y reconocimiento. Como he comentado en alguna ocasión, primero escribo a mano y la primera corrección la hago mientras mecanografío el manuscrito. Ahora ya tengo claro por donde transita la novela y puedo fijarme e introducir todos esos detalles que hacen que la historia sea más redonda y que el final esté siempre a la vista, pero oculto entre todas las palabras.



Una de las cosas en las que estoy poniendo cuidado es en el narrador (en realidad, narradores) de la historia. Mientras escribí el primer manuscrito, aunque tenía claro que no quería un narrador con la capacidad de leer en el interior de todos los personajes, no fui disciplinado y, en ocasiones, se me escapaba alguna reflexión de un personaje del que, en realidad, no podíamos saber qué estaba pensando al no estar el narrador junto a él. Esto me ha llevado a reescribir algunas escenas o añadirlas para que la información, si era importante, llegara al lector. En ocasiones, la escena ha desaparecido por completo.

En el capítulo 22, motivo de esta reflexión en mi abandonado blog de escritor, ha sido difícil e interesante de forma especial. En ese punto de la trama un grupo de personajes (que procede de la unión de otros dos) se encontraba con otro grupo de personajes y tenía que narrar el encuentro con tres narradores diferentes en el mismo capítulo. No había sido nada disciplinado y en el capítulo original manuscrito, un narrador omnisciente se había hecho cargo de todo, hablaba por todos los personajes y conocía el nombre y las inquietudes de todos. Era una solución sencilla, pero chirriaba con los capítulos precedentes y o bien cambiaba toda la novela o bien me arremangaba y volvía a escribir ese capítulo. Esto último hice.

Al final, aparecen los tres narradores en el capítulo. Pensaba que se iba a quedar en dos, pero en la escena final he necesitado al tercero. Una consecuencia del cambio de narrador es que cuando el de un grupo habla del otro grupo, no los menciona con su nombre sino por su apariencia o por sus gestos y viceversa cuando ocurre al contrario. Por ejemplo, quién para un narrador es Diana para el otro es la militar. Creo que estas son esas cosas en las que luego el lector no se fija, pero que harán de este capítulo uno de los mejores de la novela.


Me quedan muy pocos ya para el final y así tener un borrador que pasar a mis lectores cero.

18/1/17

Los Narradores

Me está costando mucho mantenerme alejado del primer borrador de la novela. Intento mantenerme ocupado escribiendo otras cosas, enviando relatos a revistas (por cierto, nueva revista: Windumanoth), escribiendo este artículo para el blog o leyendo algunos libros. Estoy consiguiendo no reescribir, pero es difícil no pensar en él. Mi cabeza me traiciona.


Unos de esos libros que acaba de añadirse a mi biblioteca me ha hecho pensar en los narradores de la novela y en los puntos de vista, pero antes de hablar de ello permitidme un comentario sobre el libro. «Las estrategias del narrador» (editorial Alba) llegó a mí tras la lectura de «El arte de reescribir: pulir el diamante narrativo» de Silvia Adela Kohan (en la misma editorial). Los libros de ayuda para escritores suelen contar siempre las mismas cosas, pero este segundo, el de reescribir, me gustó bastante porque aprendí cosas que no sabía; por eso me decidí por el del narrador que es de la misma autora. Me ha sorprendido menos, pero no es un mal libro. En general, los libros de ayuda a la escritura no son una mala inversión, aunque llega un momento que te parecen todos similares.

8/1/17

El primer borrador

He comentado en alguna ocasión que soy un escritor de brújula, sigo una idea, pero no un guión, pero cuando más me acerco al final, menos cierta es esta afirmación. Sabía lo que iba a pasar y los capítulos previos habían ido acotando mucho las posibilidades. De los tres últimos capítulos llegué a hacer un esquema de lo que iba a pasar (esquema que no seguí), pero fue una forma de fijar mis intenciones. Cuando se acababa el año sentí la pulsión de escribir, de escribirlo todo y el último día del año me pillo firmando la última página del epílogo de la novela «Destructor de Estrellas».

El manuscrito al completo
Ha sido un proceso bastante largo, pero estoy contento porque he sido constante. No he escrito todos los días, pero sí la mayoría y he creado una rutina diaria que ahora echo de menos cuando no puedo cumplirla. Ha sido poco más de un año, aunque tuve un parón cuando había escrito los primeros doce capítulos. Pensaba que no tenía claro hacia donde quería ir y me paré, pero el error no fue ese: me equivoqué y empecé a corregir el texto manuscrito (mecanografiarlo) cuando había llegado al primer punto de inflexión de la historia, cuando todos los personajes estaban sobre el tapete y ya se sabía cuál era el problema. Volver atrás para corregir me alejaba de la historia, me rompía el ritmo y sin saber lo que iba a pasar, las correcciones tan solo eran superficiales. Una vez comprendí que lo estaba haciendo mal, me centré solo en escribir, en avanzar en la historia y en los personajes y así llegué al final.