3/10/15

Maestros

Yo aprendí a amar la literatura en el colegio; allí descubrí de la mano de un profesor al que con maldad llamábamos 4M (medio metro mal medido) y que se llamaba Don José (sí, todos mis profesores tenían un don delante, era otra época), que los libros iban más allá del Quijote, lectura, a mi entender, poco recomendable a esa edad. En mi casa teníamos muchas obras de teatro, cosa de familia, y leía a Poncela o a Paso como si fueran tebeos, sin comprender que aquello era igual de literario que el Mío Cid. Este hombre nos mandó leer la novela «Sexta Galería» de Martín Vigil y recuerdo que empecé a leerla sin ninguna esperanza o, más bien, esperando una nueva Celestina. Para mi sorpresa, las historias de aquellos mineros me atraparon y la angustia de su encierro me hizo devorar aquellas páginas. Aquel fue el libro que me convirtió en lector de novelas.

Con el tiempo, he empezado a recordar a algunos de mis profesores y esta noche me he acordado de uno de mis maestros al que conocí años después que el anterior. Enseñaba dibujo y tenía edad suficiente para haber empezado a dar clase en el siglo XIX, quizás un poco después. Tenía una enfermedad que le hacía temblar el cuerpo y las manos al andar y al hablar, pero cuando cogía una tiza y se acercaba a la pizarra, se convertía en una máquina de precisión. Le he visto abatir la intersección de un dodecaedro con un plano inclinado en caballera que cuando llegó el profesor de la siguiente hora no se atrevió a borrar la pizarra. Algo así debía ser importante, debió pensar el buen hombre, y allí estuvimos, una hora, aprendiendo matemáticas en una pequeña esquina del encerado.

En aquella época yo era un poco repugnante, más que ahora, y estaba convencido de mis conocimientos. No es que leyera muchos libros, es que los devoraba y me daba igual el tipo: de política, de ciencias, de ingeniería (me encantaba la astronáutica), de literatura; la pasión por la lectura llegaba al extremo de leer el diccionario del salón de mis padres mientras ellos veían la televisión (que es un ejercicio que sigo recomendando). Esa seguridad que tenía en mi mismo me hacía discutirlo todo y poner en duda cualquier cosa que me dijeran. Recuerdo debatir en clase si la línea de tierra en diédrico era necesaria o si la perspectiva cónica era real o sólo una representación. Sí, era un poco repugnante.

Debo decir que esta costumbre de discutir daba resultado con los buenos maestros y tuve unas calificaciones de dibujo de final de curso bastante buenas. Pasaba a la universidad, aquel era mi último año y me pareció correcto despedirme de algunos de mis profesores cuando fui a recoger las notas. No nos parecíamos en nada, él era un conservador del siglo XIX y yo lucía orgulloso mis emblemas anarquistas camino del siglo XXI. No podía caerle bien, pero creo que agradeció que me acercara a despedirme. Me disculpé por si había sido un alumno difícil ese año (un eufemismo, debí ser un auténtico pelmazo) y tuvimos una buena conversación. Mi recuerdo de aquella charla es una sensación agradable, como un abrazo, y una frase que me dijo en un momento que nunca he olvidado: «Lo único importante es que la persona que te devuelve la mirada en el espejo te guste». Lo dicho, un maestro.