6/5/15

Uno de mis ocho bisabuelos...

Uno de mis ochos bisabuelos, en concreto el que no nació en Madrid, tenía un apellido que, en su lengua original, significaba demonio. Es algo que siempre hemos sabido en la familia, pero a lo que nunca le hemos dedicado tiempo ni esfuerzos. Mi bisabuelo procede de un pequeño pueblo de Italia y como todos esos pueblos, y más de aquellas épocas, todo está oculto entre cuentos de la lumbre, recuerdos olvidados y palabras susurradas cuando nadie puede oírlas.

No había muchas vocaciones en aquella época, quizás por un exceso de trabajo en las tareas del campo o por la posibilidad de marcharse a trabajar en la incipiente industria que empezaba a crearse en Milán; todas las familias del pueblo iban turnándose cada año para prestar a uno de sus miembros para las tareas eclesiásticas. Esta tarea recaía, casi siempre, en el varón menor de cada casa, siempre que ya hubiera cumplido los diez inviernos. Eran los monaguillos temporeros y su trabajo consistía en adecentar la iglesia antes de la misa del domingo (la única que se celebraba porque el párroco era itinerante), tocar la campana y asistir al cura durante la ceremonia. Haciendo ese servicio comunitario fue donde le detectaron a mi antecesor su malatía. Cada vez que le tocaba asistir al cura, las manos se le enrojecían y si era especialmente larga, un bautizo o un funeral, le llegaban a aparecer ampollas en las manos.

Las primeras veces pudo ocultar su mal, sólo se lo mencionó a su madre, pero tras llevarle al médico y que este no acertara a diagnosticarle nada, el pueblo entero supo de sus síntomas. No hubo comprensión por parte del cura quién achacó las ulceraciones a los malos pensamientos de mi pariente. Las murmuraciones y las comidillas fueron en aumento y el pueblo se hizo más pequeño aún.

En mi familia siempre se nos ha contado que la familia de mi bisabuelo emigró de Italia huyendo del auge del fascismo de Mussolini, pero las fechas no cuadran ya que debieron llegar a España mucho antes. Esta anacronía tampoco nos había pasado desapercibida, pero, de nuevo, la habíamos ignorado a sabiendas.

Los eccemas y sarpullidos de mi bisabuelo no volvieron a aparecer, pero también es cierto que su familia no era muy amiga de visitar la iglesia (costumbres extranjeras pensaron sus vecinos). Todo cambiaría cuando conoció a mi bisabuela y decidieron casarse. Estamos hablando de principios de siglo y, a pesar de las moderneces de la época y de las rarezas de los extranjeros, pasar por la vicaría era un ritual obligatorio y más para mi bisabuela que procedía de uno de los barrios más castizos, con más solera y donde a las cosas buenas las llamaban «fetén». Ligarse a un italiano era de bandera, algo con lo que la madre de ella balconeaba presumiendo porque las hijas de las vecinas habían tenido que bandear con algún baranda.

La ceremonia se celebró en la iglesia de los Chisperos, junto a la plaza del Dos de Mayo, en el mismo sitio donde hoy podéis encontrarla aunque rodeada de garitos de la noche, bolardos y botellones, y los sarpullidos volvieron. Y también lo hicieron en el bautizo del primer hijo y del segundo, pero el tercero fue el peor. Nació enfermo y la familia hizo varias misas, primero para que se recuperara y luego para despedirse de él tras su muerte. Las ampollas se convirtieron en llagas y mi bisabuelo no pudo ocultarlas más al cura de la iglesia. Éste, creyente y temeroso, pensó que era un castigo de Dios por la poca devoción de mi ascendiente italiano y se propuso inculcarle las enseñanzas divinas, a palos si era necesario. Todas las noches, cuando mi bisabuelo terminaba su trabajo como tramoyista en un teatro de la plaza Santa Ana, iba a la iglesia y leía pasajes de la Biblia en voz alta para el anciano sacerdote. El mal no remitió, sino que fue empeorando y con los días extendiéndose de las manos al pecho, de este a la garganta. Mi bisabuelo murió asfixiado al bloqueársele la tráquea debido a la hinchazón de los músculos del cuello. Dejó una mujer, cuatro hijos y muy pocas rentas. El cura se negó a enterrarle en el cementerio católico y no había dinero para trasladarle a uno civil en las afueras. Al final, mi bisabuela aceptó la oferta de un agente universitario que la visitó en el velatorio. Se llevaron a mi pariente para investigar con él en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense y pagaron por él cuatro duros, un buen dinero.

El apellido endemoniado sigue ahí en mi nombre, enterrado entre otros siete apellidos y pasa un poco desapercibido, pero en mi familia no se habla de estas cosas, rara vez hablamos del pasado. Yo nunca hubiera conocido esta historia de no ser por el profesor Cuerda, ahora catedrático. Él se puso en contacto con toda nuestra familia porque estaba investigando el extraño caso de nuestro pariente y deseaba hacernos unas pruebas. De toda la familia yo fui el único que le respondí. Su carta, llena de detalles biográficos de mi pariente, me llamó la atención. Y sí, me picó la curiosidad.

En el despacho de la universidad de Cuerda había varios frascos con manos, con rostros, con pies todos ellos blanqueados por los alcoholes de embalsamar que usaban para conservarlos. Imaginé que mi bisabuelo podría estar en unos de esos tarros, quizás en la deformada cabeza que parecía mirarme gritando, pero nunca lo pregunté. Reconozco que me dio miedo hacerlo. El profesor  creía que mi bisabuelo padecía una alergia a algo habitual en las iglesias, pero que, en aquella época, nadie supo diagnosticarlo correctamente. Yo no estaba muy de acuerdo, nadie en mi familia tiene una alergia parecida. Algún asma infantil, alguna apnea nocturna o el temprano descubrimiento de que las orugas procesionarias no son tus amigas, pero de alergias al incienso, al agua bendita y esas cosas, no, de eso no teníamos.

Me explicó que las alergias pueden saltarse una, dos o más generaciones. Su argumento parecía sólido y me dejé hacer pruebas; me tocó en el brazo con todos los productos que imaginó, pero los resultados fueron negativos. La piel sonrosada se quedó como estaba en todas las ocasiones, tan sólo manchada de las marcas de control. En la sesión final, cuando pensaba comentarle que me mudaba de ciudad y que no podría volver, me pidió que sostuviera una biblia. Le miré en silencio, un rato largo, y me negué a hacerlo. Me preguntó mis motivos y me defendí diciendo que aquello no me parecía nada científico. Él no me creyó.