30/4/15

El Habitante de la Rotonda

Hoy soñé con el título de una novela. No es algo infrecuente y empiezo a acostumbrarme. Imagino la historia que hay detrás de ese título, la vivo en primera persona como si fuera yo el protagonista que la padece o el autor que la sufre. En «El Habitante de la Rotonda» un hombre cruzaba una avenida, sin prisa, algo raro en los que le rodeaban. Al llegar a una isleta, una forma de hormigón con el increíble poder de ahuyentar al trafico rodado, el semáforo cambió al enigmático rojo. No le importó, ya volvería el alegre verde. No era el único atrapado, pero lo que le sorprendió es que sus compañeros de encierro se sentaron en el suelo y empezaron a extraer de sus zamarras y sobretodos pequeños paquetes de comida y botellas de agua. Y los compartieron con él y le contaron sus historias personales, una especie de ritual para aquellos que se veían obligados a atravesar aquel bulevar. La escena se repetía en otras protecciones peatonales o en la rotonda central donde destacaba aquella horrible escultura azul con forma de mantis religiosa tras una fallida operación de estética. Aceptó las narraciones, los saludos, las vituallas e, incluso, compartió parte de su propia experiencia mientras el hombrecillo ruborizado los vigilaba inaccesible.

Siete días tardó en cruzar aquella avenida...